El miedo: Cáncer social

 

por Diana Chávez De La Sota

El miedo se ha convertido en un acompañante más en la vida de las personas de esta sociedad contemporánea, y digo de esta sociedad no haciendo separación entre la sociedad de ciudad y del campo, o la pudiente y la pobre, o dividendo la de occidente de la oriental, porque literalmente puedo asegurar que es una condición de este siglo; una condición para todos los que ocupamos un lugar en el planeta tierra. Durante la historia de la humanidad, el ser humano se ha visto en la urgencia de entender y controlar todo lo que le rodea, pero lo que mas llama su atención es el futuro. Gracias a los tsunamis, las guerras, la fe, los terremotos, etc., el hombre siempre se ha visto rodeado de predicciones fatalistas. Con la ayuda de profetas, adivinadores, lideres religiosos, el hombre siempre termina de una u otra manera pensando que el fin del mundo “ahora si” esta cerca. 

 

Dentro de todas estas predicciones, si hay un hecho, y es que, nos estamos acabando la tierra a pasos agigantados. Nadie puede atreverse a decirse inocente en estas condiciones de desbasto, de pobreza extrema, de falta de valores, de nuevas enfermedades, de disyunciones alimenticias, emocionales, sociales, familiares y sexuales; todos somos responsables, protagónicos, y hasta culpables de muchas de estas. Es una realidad, es nuestra realidad, donde nos encontramos en una sociedad que se distingue por lo atroz, sorprendentemente incongruente a su condición humana; una sociedad en retroceso, hablando de evolución. El hombre por el hombre, el “animal racional” convertido en un animal irracional, el hombre negándose a serlo. Ésta es una época de consecuencias. 

La capacidad del hombre de tener el control le brinda cierta seguridad sobre su entorno; cuando se acerca una situación de peligro el hombre encuentra refugio y paz en encontrarse dueño de las situaciones. Sin este saber, o este poder controlar, el ser humano se ve truncado o amenazado, y entonces, el hombre no sabe que hacer. Estoy refiriendo a que, a lo largo de la humanidad hemos visto como en el dominio de las condiciones externas el hombre ha encontrado bienestar y seguridad, pero cuando estas se ven extralimitadas, entonces el ser humano pasa a un estado que desconoce y lo aterra. La naturaleza nunca ha estado bajo dominio del hombre, pero al conocerla, el hombre ha podido aprovecharla, cohabitando y disfrutando de ella. Sin embargo, hemos olvidado que la naturaleza no es nuestra, y que siempre, nuestra pequeñez se va a ver enfrentada a la grandeza de los fenómenos naturales. Hemos agredido al gigante con el que cohabitamos, hemos violentado las leyes naturales y hemos sido necios en el uso y abuso de los recursos que nos brindan vida y, que a su vez, nos pueden matar.

Hemos escuchado generación tras generación, el cómo se vivía en la época de la advertencia, en la época de “los podría pasar”, esas épocas apocalípticas que sorprendían y alertaban pero que convencían; eran tiempos de corregir, prevenir y cambiar rumbos, pero en cambio, decidimos ignorar, olvidar y minimizar las repercusiones de una vida loca y derrochadora. El futuro ya llego, y no nos alcanzo, lo apresuramos; no solo hemos tenido prisa de crecer, de tener y de ver, hemos acelerado todo, hemos modificado todo, hemos destruido todo y ahora el resultado es una tierra, un sistema perfecto, totalmente alterado, respondiendo a nuestras agresiones y a nuestra violencia.

No existe otra manera de cohabitar con la naturaleza, los animales y las personas que bajo el respeto de las leyes, si violamos estas leyes vamos a vernos sujetos a las consecuencias de tal irreverencia, y he aquí donde la impotencia del hombre se hace manifiesta; cuando vemos la grandeza contra la pequeñez y lo frágil de nuestra condición, impotente ante la voluntad de los fenómenos naturales, y es aquí, donde surge el miedo. Un miedo distinto, un miedo real, que se aumenta ante lo limitado del qué hacer. Un miedo que crece hasta debilitarnos, hasta consumirnos; crece hasta estorbarnos.

 

De acuerdo a la psicóloga social, Adriana Diaz, físicamente hablando, el miedo es una reacción natural del cuerpo para responder a los peligros del entorno, es una alerta fisiológica en el cuerpo humano y animal, que detona la segregación de adrenalina, un químico natural y sumamente poderoso en el cuerpo, que brinda una sobredosis de poder, atención, fuerza y claridad; es decir, que sobrecapacidad a los sentidos. Esta condición de adrenalina en el cuerpo, es precisamente la respuesta del cuerpo al peligro, pero de ningún individuo puede vivir de esta manera, con sobrecargas permanentes de adrenalina, por que causaría daños importantes en la salud y en la sociedad. Básicamente, se desprende adrenalina ante una situación de peligro o de miedo; hoy en día se le ha denotado como stress, pero la verdad de las cosas es que es miedo permanente, miedo al fracaso, miedo al desprecio, miedo al abandono, miedo al descrédito, miedo a no cumplir con los estándares que la sociedad o un núcleo social impongan. El miedo en un principio te lleva a actuar, a moverte, a reaccionar, pero en un punto enfermizo, hace todo lo contrario, te paraliza, te detiene, te vuelve inválido .

            Llamar a las cosas por su nombre, puede llevar a alguien, en este caso a una sociedad, a detener un proceso destructivo, o bien, a solucionarlo, en lugar de nutrirlo y alimentarlo, que es lo que hemos estamos haciendo. Este miedo con el que el hombre se ha ido acompañando para vivir, es un enemigo muy peligroso porque detona conductas insanas y destructivas. Una sociedad con miedo no es una sociedad competitiva ni productiva. El miedo se convierte en un cáncer social mas grave, incluso, que la pobreza o que una epidemia.

Después de hacer referencia hacia lo que es el miedo, y lo que le puede ocasionar vivir con miedo a una persona, me enfocaré en lo que le hace a una sociedad entera, o para llamarlo de otra manera, lo que es el pánico colectivo. Si a una persona el miedo la puede volver torpe y vulnerable, en una sociedad entera es mucho peor; el miedo se contagia de manera mucho mas rápida que una gripa, es mas expansivo que una bomba  y lo peor, es que si no se frena, puede crecer a magnitudes exponenciales. Las sociedades somos contagiosas, y nuestros males, también. Vemos como sin darnos cuenta todos nos estamos influyendo a cada momento, nos estamos impactando, nos estamos monitoreando, espejeando, eso es una sociedad, así funciona y así crece, así se mantiene; luego, entonces también se alimenta de cosas no tan sanas, no tan buenas pero de la misma manera las recibe, las vive y las reproduce. ¿como podríamos detener la intención natural de sentir miedo ante la tragedias naturales? nadie, en absoluto, puede modificar o atenuar los hechos de tan evidentes situaciones, sin embargo, ese es el momento de la esperanza, siempre la convicción de que esto no vuelva a suceder, de que sea un evento esporádico, de que se pueda hacer algo al respecto. Alguien dijo alguna vez, que los fenómenos naturales no causan tanto daño como los errores humanos.

Una sociedad puede manejar una mala noticia, con la ayuda del pasado, de sus experiencias personales, con la ayuda de la fe, de la esperanza y hasta de la confianza en personas capacitadas; pero, una sociedad no puede manejar “las especulaciones” que sobre ciertos fenómenos se hacen, esto quiere decir, que si lo que se ve y se vive es grave y aterrador, lo que se pueda decir de eso y de lo que sigue de eso, puede matar. Los hechos por si mismos, terremotos, inundaciones, sequías y tsunamis, son alarmantes, pero la información y las premisas son las que pueden contaminar y hacer peligrosa a una sociedad. El miedo que anteriormente solo radicaba en tomar medidas de seguridad, en ajustes a los hábitos, etc., de la noche a la mañana se convierten en el miedo a la naturaleza, miedo a las inclemencias, miedo a la muerte trágica, el terror de un fenómeno natural. El hombre, acostumbrado a oír de guerras, de asaltos, de conflictos, puede vivir con ello, finalmente son condiciones del hombre por el hombre, pero cuando en enemigo se constituye en algo tan grande, tan impredecible y tan mortal, no hay argumento que pueda fortalecer un animo derrotado por el miedo.

Una sociedad con miedo, debe considerarse una sociedad enferma, ya que lo está, maneja todos los síntomas de debilidad, fragilidad y animo decaído; pero insisto, es muy peligroso extender una mala noticia sobre algo en lo que no podemos o no tenemos control. Recordemos el pánico en el que se sumió la sociedad entera ante la influenza. Fue algo definitivamente nuevo para nuestra sociedad, el miedo se respiraba en las casas, en las calles, en las oficinas, era tremendo ver al enemigo en todos, dejamos de ser solidarios, para sumirnos en la amenaza de la muerte involuntaria; miedo ante algo invisible, ante el cual ninguna medida parecía suficiente; todos esperando la noticia, como un tumor, necesitando mas de lo malo para nutrirse, para crecer. No querer saber, pero no querer ignorar, buscando en las conversaciones, hasta las mas triviales, una luz de esperanza, viendo el final y escogiendo seguir viviendo. El miedo, el enojo, la negación, como mecanismos de sobrevivencia ante lo expuesto lo endeble y lo vulnerable. Recordemos, que ante una situación de peligro el hecho de no incluir a la totalidad de las personas la hace mucho menos mala, pero ¿qué hacer cuando todos somos víctimas, todos estamos expuestos, todo es posible, todos somos frágiles y no hay nada que hacer?.

Es aquí donde el peligro es saber, y digo esto, porque he venido argumentando que el conocimiento debilita el miedo, pero en el caso de las sociedades es a la inversa, a mayor conocimiento mayor capacidad de influencia y por lo tanto la difusión de el terror. No se si es de forma muy natural, pero las malas noticias se difunden muy rápido, se distorsionan y se agrandan, así entonces, nos encontramos ante un fenómeno de mala información, mucha especulación y todo de impotencia. Si bien hemos aprendido a vivir con muchos miedos sociales, desde los de responsabilidad limitada (sida, cáncer, drogas, homosexualidad, infidelidad, desempleo, deudas), hasta los de responsabilidad externa (secuestros, injusticias, extorsiones, delincuencia, crisis económica), nunca una sociedad es tan frágil como cuando comparte un miedo a lo que la naturaleza pueda hacernos, ahí hablamos de pánico colectivo. No necesita suscitares el acontecimiento para comenzar a hacer estragos en las personas, puede ir desde un pensamiento de auto protección, auto negación, cinismo, mera preocupación, o aceptación, hasta modificar formas de vida, vender bienes, cambiar de domicilio, o adelantarse a la muerte.

El pánico colectivo lo hemos visto en un estadio, en una estación de trenes ante un ataque terrorista, en una situación de peligro, en una inundación o un terremoto, pero no hay nada peor que lo que no se ha visto, lo que la mente puede imaginar y diseñar, y lo que la boca puede hacer creer a otros. Nadie esta exento de ser influido por lo que oye, nadie puede decirse ajeno a una situación de miedo, ante un fenómeno natural; nadie puede imaginarse fuerte ante un terremoto o ante una inundación. Lo grave es, dice la psicóloga, que ante un pánico colectivo anticipado, nunca se cansa la mente de crear y recrear circunstancias y aunque absurdas e ilógicas, cuanto mas trágicas, la mente encuentra mayor refugio, nunca la mente paniqueada piensa en positivo o en milagros, o en o sucesos, siempre ha de verlo en negro y en grande. Esta es la realidad de nosotros, es la realidad de ésta sociedad moderna, llena de miedos, de incertidumbre, y de falta de esperanza. 

Se dice que una persona puede vivir hasta 40 días sin comer, 100 sin ver a nadie ni hablar con nadie, 4 sin líquidos, tres sin dormir, pero ni un minuto sin esperanza. Es la esperanza en algo o alguien lo que mantiene vivo al hombre, por eso la depresión mata a tantas personas, luego entonces, una sociedad deprimida es una sociedad sin esperanza, por lo tanto su destino es morir, si una situación de pánico colectivo no se deteniene con la esperanza, es muy probable que se auto destruya aún antes de vivir el suceso que tanto temía.

Después del terremoto del `85 en la Ciudad de México, la familia Moreno quedo incompleta, cinco años después, un 19 de septiembre que volvía a ser en jueves, la mas joven de esa familia, Agueda, que había sobrevivido, se empeño en recordar la fecha y la coincidencia del día jueves y asumió que, como cinco años atrás, volvería temblar y ella moriría, fue tal su miedo que esa noche en sueños soñó el terremoto y de un infarto murió casi instantáneamente. El efecto del miedo no debe subestimarse, y como comunicólogos, tenemos una gran responsabilidad en la información oportuna, verdadera; pero al mismo tiempo  responsable y mediadora. De hecho no nos deben de preocupar tanto los acontecimientos que se asoman al futuro, sino el efecto de estos en las personas, no podemos hacer nada ante los fenómenos naturales y las leyes naturales, pero podemos hacer mucho para los fenómenos sociales que pueden matar mas dolorosamente y a más numero que los primeros. 

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