Lo que contaré a continuación es delicado. Tuve la oportunidad de platicar con Pablo Desentis, joven de 26 años que desde los 14 años se convirtió en adicto a las drogas..
Las drogas son sustancias que pueden destruir al ser humano; pueden apoderarse de todo pensamiento y sobre todo, pueden resquebrajar el núcleo familiar. Podríamos decir que son un pase directo al infierno.
Nuestro encuentro fue emotivo. Desde navidad no lo veía pues radica en León Guanajuato. Pablo llegó ahí, después de la experiencia que vivió en la Ciudad de México y que conoceremos a continuación.
Reencontrarlo me provocó gran emoción. Después de mucho tiempo de no estar con él, un fuerte abrazo fue nuestro mejor aliado. Desde ese momento, supe que la entrevista seguía en pie. Se disipó mi miedo a recibir una negativa de su parte.
─ Quiero platicar contigo, dije sin más. Pablo ya sabía de lo que íbamos a hablar.
Sin miedo a desnudar su alma ante mi y ante una grabadora, mi primo aceptó cálidamente la invitación a charlar respecto a su testimonio de vida.
─ Claro, me dijo con voz firme y hasta cierto punto, ansioso de empezar. Sólo quiero que sepas que lo que te voy a contar como testimonio de consumidor de drogas, es para hacerte ver que sé perfectamente bien de lo que hablo. Este aprendizaje que te voy a relatar lo realicé con mi propia sangre; con mi propio sufrimiento.
─ Gracias, contesté. En ese momento, los dos sentados en la sala de mi casa, dimos inicio a la entrevista.
─ Cuéntame, ¿cómo es que te iniciaste en el consumo de drogas?
─ Fue a los catorce años, cuando una noche Pamela me ofreció fumar marihuana. Yo tenía un mes de haber entrado a la preparatoria, pero ella, que tenía diecisiete años, ya iba en el año saliente.
─ ¿De qué era la fiesta? ¿Tú que hacías ahí?
─ Esto que te voy a contar sucedió en la fiesta de bienvenida que los de tercero nos hicieron a los que recién entrábamos. Hasta ese día, mi experiencia con el alcohol era prácticamente nula y con las drogas ilegales absolutamente ninguna.
─ ¿Quién es Pamela?
─ Yo no la conocía. Pamela se acercó a platicar sobre bandas de rock a mitad de la fiesta. Desde el momento en que la vi quedé profundamente impresionado. Ella era todo lo contrario a lo que había conocido hasta entonces. Después de dos horas de platicar de mil cosas y de varias cervezas compartidas, me invitó a fumar mota. Eso era, según ella, para prendernos.
─ ¿Y tú aceptaste?
─ ¡Por supuesto que al principio me negué! Llevaba enraizados en la cabeza los viejos consejos de papás, tíos, maestros, sacerdotes y médicos. Todos hacían ecos en mi cabeza: “Las drogas son peligrosas”; “las drogas son del diablo”; y cosas así..
Al realizarle esta pregunta vi en sus ojos mucho dolor. Aunque había estado relajado, esa pregunta lo puso tenso. Sabía que era un tema complicado y que lo debería de abordar de la manera más sutil. Después de una pausa y de mirarnos fijamente, él continuó.
─ Como te dije hace unos momentos, me negué. Entonces me pidió que simplemente la acompañara a un rincón para que ella fumara. Te juro que no vi nada malo en eso, no percibí ningún peligro y acepté. Fumada tras fumada, ella extendía la mano con el porro para ofrecerme. Me seguí negando. Pamela ya estaba muy intoxicada. En un momento la percibí demasiado ansiosa por que la acompañara. Confieso que ahí me empecé a poner nervioso.
El relato estaba removiendo muchas cosas en mi primo. Hizo una pausa y me pidió un vaso con agua.
─ ¿Y qué pasó después?, dije mientras le entregaba el vaso. ¿Cómo fue que te convenció de que cayeras en la tentación?
─ Pues ella se acercó y se acercó y se acercó a mí, hasta que, cuando me di cuenta, nuestros labios ya estaban besándose. Y ahí estaba yo, besando por primera vez en mi vida, después de catorce años de espera.
Mi primo sonrió y yo reí con más fuerza, tratando de liberar un poco de tensión.
─Si te soy sincero, dijo Pablo, el momento me indujo a portarme mal. Ella me convenció; yo me dejé convencer. De alguna manera sucedió y, sin pensar, tan pronto como te lo imaginas, su humo ya estaba recorriendo mi cuerpo.
─ ¿Qué sucedió después?
─ Todavía me acuerdo que regresamos a la fiesta. Bailábamos, bebíamos y un par de horas después volvimos por un sequito de unos diez compañeros y compañeras.
─ ¿Qué más recuerdas?
─ Pamela encendió el segundo cigarrillo de la noche. Los consumidores experimentados babeaban de impaciencia. Los nuevos, como yo, preguntábamos cómo hacerlo. Hasta me daba pena ser novato en esos asuntos.
Pablo dio un sorbo a su vaso con agua, antes de continuar el relato.
─Después de haber rolado por ocho manos, el porro llegó a las mías. Con tan sólo tres jalones, de inmediato sentí el poderío de la sustancia, que sumada a mucho alcohol y a la dosis anterior de marihuana, me tumbó.
─ ¿Cómo te sentiste… me refiero, físicamente, cómo te afectó?
─ Me sentí muy ,muy mal. Al instante tuve vómitos, mareos y muchos malestares.
─ ¿Y Pamela qué hizo?
─ Pamela pidió que me dejaran solo con ella y así se hizo. Yo seguí con los malestares físicos, pero ella estaba en lo suyo. Del fondo de sus ropas, aparecieron un espejo, un pequeño tubo metálico, una hoja de navaja y un gramo de cocaína. Para no hacerte el cuento más largo, tendió dos rayas sobre el espejo, inhalo una, y la otra de alguna manera terminó en mi nariz.
El rostro de Pablo se había transformado al revivir aquellos momentos. Temí que ya no pudiera seguir con la entrevista pero traté de darle ánimos.
─ ¿Todo bien?, pregunté.
─Todo en orden, tú no te preocupes, respondió.
Tras la breve pausa, Pablo retomó el control de la situación y, aunque sudaba un poco, decidió continuar.
─ Después de que me dio la coca, como por arte de magia los malestares desaparecieron y regresé a la fiesta. Bebí dos litros de agua en una hora, oriné largamente durante un par de ocasiones y llegué a mi casa como recién salido de las doce de la noche.
─ ¿Seguiste viendo a Pamela después de esa fiesta?
─ Obvio, todos los días nos veíamos en el colegio. De hecho, salíamos a fiestas en calidad de novios. Constantemente mi nueva compañera llevaba drogas a la escuela. Sin embargo, no era la escuela el mejor lugar, ni había momentos adecuados. Lo hacíamos antes de ir a casa o por las tardes, cuando nos veíamos.
─ ¿Qué drogas acostumbraba a llevar cuando estaba contigo?
─ Marihuana, alcohol y en menor grado cocaína, la verdad esto conformaba el menú.
─ ¿Sigues teniendo contacto con ella?
─ No para nada. Seis meses después de habernos conocido, mi mentora fue expulsada de la escuela y nos separamos. Pero yo ya era adicto.
─ ¿Qué sucedió después?
─ Los dos años siguientes, en la preparatoria, de vez en cuando consumí drogas ilegales y aunque mi organismo podía pasar meses sin consumir, mi adicción lejos de alejarse se afianzaba día con día. En aquel tiempo lo que más consumía era alcohol, que también crea adicción.
─ ¿Eso afectó tu desempeño escolar?
─ ¡Sobremanera!, respondió exaltado. A duras penas y a empujones terminé la prepa. Presenté doce extraordinarios, pero eso si, sin perder años.
─ ¿Que siguió después, cuando entraste a la universidad?
─ Entré a la universidad porque si no mis papás me mataban. Pero la verdad, elegí la carrera por estrategia de eliminación. Fue así como ingresé a la licenciatura en Derecho.
─ Los estudiantes de derecho tienen fama de ser estrictos y formales. ¿Tenías compañeros adictos como tú?
─ Siempre encuentras con quien… bueno, tú sabes. Los bares de la esquina, de lunes a viernes, contaban con un buen número de representantes de nuestra generación. De hecho, los viernes esos bares eran nuestros. Para ser sincero había un importante numero de hombres y mujeres inmersos en el dominó y en el alcohol.
─ ¿Y ya en la carrera, cómo es que conseguías las drogas? ¿Quién te las proporcionaba?
─ A mitad de primer semestre resultó que teníamos un “diller” en el salón. Ya sabes, aquel hombre que se hace pasar por “el buen amigo de todos”, que por cierto también terminó la carrera, era estudiante también.
─ ¿Y qué servicios ofrecía?
─ Más que los que en su época Pamela me ofreció. Tenía marihuana, cocaína, éxtasis, LSD, poppers, todo lo que quisieras y hasta la puerta del salón. Exigía discreción y todos sus clientes la teníamos.
Pablo me pidió otro vaso con agua. En el camino iba yo repasando todo lo que hasta ese momento me había comentado. Había ido de sorpresa en sorpresa. Pero cada anécdota me ayudaba a comprender como Pablo quedó atrapado. Era difícil resistir bajo esas condiciones, con bares en la esquina, drogas en el aula, drogas en la calle, amigos y amigas consumiendo drogas y alcohol por todos lados, fiestas siempre, y una generación entera dentro y fuera de la universidad dispuesta a festejar. Con todo eso no era raro que mi primo se metiera por lo menos cada ocho días alguna droga.
─ ¿Y esos servicios de los que me cuentas, eran suficientes para ti?, pregunté mientras entregaba el vaso con agua.
─ No, Pato, me contestó. Como todos los adictos, en un momento dado, la verdad debes ampliar tu horizonte de proveedores para asegurarte que tendrás droga. En aquel tiempo lo hice, pero cometí el error de endeudarme con un proveedor especialmente peligroso e intolerante.
En ese momento del relato, Pablo apretó fuertemente el vaso que tenía entre sus manos. Luego lo dejó sobre la mesa y continuó hablando.
─ Mi deuda llegó hasta 20 mil pesos. Una noche me llamaron por teléfono para decirme que tenía que pagar si quería conservar la salud. Desde luego, yo no tenía con que pagar, así que no sabes mi angustia.
─¿Qué pensabas hacer?, pregunté exaltado. ¿Cómo reaccionaste? ¡Qué sentiste!
─ Sentí horrible; sentí mucho miedo, dijo mi primo, reviviendo los momentos de angustia, casi gritando.
Pablo hizo una pausa. Se limpió la boca con una servilleta y continuó su relato:
─ Al día siguiente, cuando iba a la universidad, pasé al supermercado a comprar algo de tomar. Ahí me interceptaron cuatro fulanos y en el estacionamiento, después de entrar al auto, antes de encender el motor, se acercaron con pistola en mano. Desgraciadamente yo no iba solo. Mi hermana iba conmigo. Una criatura preciosa de diecisiete años, que no era adicta ni sabía que yo lo era.
Los ojos de Pablo se llenaron de lágrimas. En ese momento quise interrumpir la entrevista, pues compartía su angustia al recordar esos momentos. Le pregunté con la mirada si podía continuar. El asintió con la cabeza. Fluyeron palabras de dolor y de remordimiento.
-Terminamos en una carretera y de la carretera pasamos a la sierra por caminos que se internaban en la nada. Ya sabes, esos rumbos que dan miedo; esos puntos adonde sólo llega la maldad.
─¿Te hicieron algún daño?
─ ¡Claro! Como era de esperarse. Unos huesos y dientes rotos, raspones y moretones. Pero lo más doloroso y lo que todavía no me perdono fue que a mi hermana la violaron varias veces delante de mí.
Me quedé congelado. Era la primera vez que escuchaba el relato de aquella tragedia. Me puse tan nervioso que creo que perdí la compostura. Lo que me había contado era demasiado fuerte; no sabía si transcribirlo o no. En ese momento decidí cambiar los nombres de toda la entrevista, por respeto a él y a su familia. Después de un largo y elocuente silencio, la entrevista continuó.
-En el auto rojo en el que nos transportaron, pasadas unas doce horas más o menos, nos dejaron regresar. Mi acreedor condujo todo el camino. Antes de liberarnos palmeó mi espalda y tranquilamente, con tono de burla, como si no le hubiera arruinado la vida a mi hermana, me dijo : “Si necesitas más veneno, me hablas. Tu crédito está limpio; tu deuda está saldada”.
Pablo no pudo contener el llanto. Con voz entrecortada dijo: “Mi hermana Iba desecha. Mis ojos jamás habían visto tanto dolor en un alma. Y lo que de ella fue, sólo de ella es”.
─ ¿Te sientes culpable?
─ Sí, dijo lanzando la mirada hacia otra parte. La culpa ha sido insoportable, no podía, ni puedo, dejar de pensar que por mi causa esa joven fue agredida brutalmente. Lo que estaba mal, se puso peor, justo como le pasa a todos los adictos después de vivir experiencias innecesarias, por andar metidos en mundos y ambiente abismales.
─ Supongo que después de todo eso te alejaste de esos mundos y ambientes abismales como tú los describes.
─ Por supuesto, odié las drogas. Durante los últimos tres años de la universidad pocas veces las toqué, pero cuando lo hice, casi me costó la vida. Dejé las drogas, pero eso sí, bebía mucho y eso no mejoró mi condición, porque beber es una pésima elección cuando eres un adicto, y en general, adicto o no, cuando tu corazón guarda dolores difíciles de cargar.
─¿Cómo fue tu experiencia con el alcohol en ese entonces?
─ Me hice el bebedor más desagradable, mucho más de lo que de por sí ya era. Siempre me excedía y mis imprudencias eran mucho más serias que las de antes. Iba ebrio a la escuela y ebrio regresaba. Creo que de alguna manera buscaba morir.
─ ¿Y tus papás? ¿En dónde estuvieron todo este tiempo? Sé que siempre han sido muy unidos…
─ Mis papás me apoyaron a pesar de vivir conflicto tras conflicto conmigo. Mi hermana, mi eterna compañera y mi música, eran lo que me mantenía con razones para seguir. Pero el problema no eran ellos. En esos momentos yo despreciaba al mundo, me sentía muy enojado con él, fuera de mí, fuera de todo, en un punto aparte…..
─ ¿Tanto enojo guardado no te hizo recaer en el mundo de las drogas?
─ Si tú supieras, contestó Pablo. Poco tiempo después, en un antro conocí a una chavita cuyo nombre la verdad no recuerdo. Ya sabes, son de esos ligues pasajeros que ni te interesan tanto. Después de un rato de bailar juntos, me di cuenta que ella también era adicta. No sé porqué me emocioné, creo que me sentí identificado, aceptado, querido.
─ ¿Qué pasó entonces?
─ Más tardé yo en abordarla, que ella en pedirme dinero para conseguir heroína con su “diller”, que estaba en el mismo antro. Le presté. Después de tener la mercancía en nuestras manos, terminamos en un cuarto de hotel inyectándonos. Lo peor de todo fue que su “diller” me había dejado su teléfono.
─ Fue así como recaíste.
─ Pues sí. Las drogas son el maldito diablo que siempre está atento para volver a tentar. Desde esa noche que te cuento, comencé a inyectarme de vez en cuando, y volví, como siempre vuelven los adictos no rehabilitados, a la marihuana, a la cocaína, al LSD y al éxtasis. A mi ya no me hacía nada, era tanta la droga que yo consumía que el éxtasis era como un simple dulce para mi.
─¿Qué sucedió después?
─ Me deshacía a pedazos. Mi vida estaba nublada y mi salud se desmoronaba. Cuando te adentras a estos mundos te sientes y te quedas solo. Para ser franco, no me hallaba, ya no sabía quien era, no entendía como había terminado ahí, perforándome las venas, fumando o inhalando veneno, como si mi cuerpo hecho con las manos de Dios, fuera un basurero. Era patético.
─ ¿Y en algún momento pudiste recapacitar?
─ Al principio no. Me drogaba a diario, en soledad. Veía un par de días a la semana al único amigo que me quedo, pero con él también me drogaba. Fumaba crack mezclada con éxtasis, que de todas las drogas que probé, es la peor.
─ Pero luego…
─ Estaba tan solo, tan desesperado que llegó un punto en que dejó de importarme que mis papás se dieran cuenta de mi adicción. Ellos ya sabían que estaba en malos pasos, pero aunque sufrían al verme hecho un inútil, no podían hacer nada. Mi hermana, a quien adoro, se sentía defraudada y de alguna manera tan vacía como yo, porque nuestros dolores son siempre uno mismo.
─:Entonces, la familia que eran antes se resquebrajó…
─ Así es. Y como no pude aguantar tanto dolor familiar, decidí marcharme. Partí, para irme a vivir a un cuartucho inmundo, sin voltear para atrás, pero tampoco con capacidad para mirar hacia adelante.
─ ¿Cómo fue la vida en ese entonces?
─ Fueron meses de desolación, días enteros en la cama. Droga tras droga, Del hambre, ya ni hablemos, porque siempre la padecía. Estaba tan jodido que ya ni siquiera mi “diller” entraba a aquel lugar. Las transacciones se hacían por la ventana.
─ Y sin dinero, ¿cómo sobrevivías?
─ Una noche, estando sin nada fui a un parque cercano al cuartucho y asalté a una viejita. Sin embargo, no di más de diez pasos, antes de regresarme a devolverle su dinero.
─¿Por qué regresaste?
─ A ciencia cierta no lo sé. Quizás los gritos de la viejita me recordaron.. Podría ser un drogadicto pero siempre supe que robar era malo, la verdad no era un niño mal intencionado. Regresé y devolví lo robado. Para justificarme, le platique a la señora lo que me pasaba y como un ángel me invitó a cenar a su humilde casa. Ella llenó de amor bonito aquellas horas. Bendita sea. Pero cuando regresé a mi habitación sin vida, estaba dispuesto a terminar con el dolor.
─ ¿A qué te refieres?, pregunté angustiado.
─ Sí, a lo que te estás imaginando. A terminar con el sufrimiento que padecía desde los 14 años. En el cuartucho tenía reserva desde tiempo atrás de sustancias muy peligrosas; y no me refiero a cualquier tipo de drogas sino a medicamentos. Esa noche, probablemente me las hubiera inyectado, de hecho, la jeringa se quedó preparada y mi muerte en suspenso.
La voz de mi primo se quebró en ese momento. Su mirada se perdió en el vacío.
─ Muchas gracias, le dije con una mirada de agradecimiento. La entrevista había terminado. Me levanté y lo estreché en un abrazo, como nunca antes lo había hecho.
Poco tiempo después me quedé pensando cómo es que mi primo se había rehabilitado. Un sinfín de pensamientos merodeaban por mi cabeza, la entrevista que tuve con él sentía que había quedado inconclusa. No me atreví a preguntarle que fue lo que sucedió después, su silencio me lo dijo todo y el respeto a ello fue lo más importante.
Viernes 7 de Mayo del 2010
Raymundo Desentis es mi abuelo, persona de 88 años cuya entereza lo tiene con vida. Persona con una enorme actitud hacia la vida digno de admirar.
Llegó a mi casa a comer como todos los viernes, ese mismo día pensé que era importante que me contara como es que Pablo había salido adelante. Con una gran sonrisa accedió, pero, como hablar de estos temas son un tanto delicados y muy dolorosos lo hizo de manera breve y sensata.
-Abuelo- le pregunté, -quiero platicar contigo, hace poco le hice una entrevista a mi primo y me gustaría que me dijeras de viva voz como es que salió adelante.
Pronto, se sentó en una silla junto a mi cama para comenzar. Lo que te contaré, y como bien lo sabes, es una historia de éxito, porque como sabemos, muchos de los que tienen contacto con las drogas no salen adelante.
-Después de que Pablo no tenía con qué comer ni con qué comprar drogas, ¿Qué fue lo que sucedió?
-Según me contaron, el ya estaba muy mal, su estado de salud se encontraba en deterioro total. Las ganas por vivir eran casi nulas, ya no quería seguir luchando. Después de platicar con la señora que pensó en robarle, se regresó al cuartucho donde dormía, pero, al estar tan deprimido termino durmiendo en la calle. Gracias a eso salió adelante.
-¿Porque el dormir en la calle fue lo que lo ayudó a salir adelante?
Un señor se acercó, según me dicen, aproximadamente de unos 45 años. Él Esperó a que Pablo se despertara para platicar, fue su ángel guardián
-¿Su ángel guardián?
Sí, cuando Pablo despertó el señor le platicó que en su juventud había sido como él. Las drogas lo habían absorbido tanto que ya había perdido la noción del tiempo. Después de un rato de conocer su historia, le habló de dios y le extendió la mano como símbolo de ayuda. Le ofreció llevarlo a la misma clínica donde el había salido adelante. Pablo reaccionó muy bien, accedió como los grandes.
-¿Qué pasó después?
Pablo dejó todo aquí y se fue a León Guanajuato a rehabilitarse. No le avisó a nadie, su familia no tenía idea en donde estaba. Recién estuvo internado, la clínica llamó a sus padres para avisarles. Unas horas más tarde recibí la llamada de mi hija para avisarme la buena noticia. No podía creerlo, me puse muy contento. Yo sabía que lo iba a lograr.
-¿Y cuanto tiempo estuvo internado?
Dos largos años de los cuales no pude hablar con él. El único contacto que tenía era por sus papás. Sabiendo que estaba en buenas manos yo estaba tranquilo. Después de mucho tiempo de espera, una sensación de paz había invadido a la familia. Fue un milagro.
-Después de esos dos años, que, supongo fueron de gran aprendizaje…. ¡salió victorioso!, ¿no es así?
Claro, victorioso como lo es él. Digno de admirarse. Se rehabilitó y retomó su vida después de tanto tiempo de dejarla a un lado. Del señor que lo ayudó nunca supimos más, ni el propio Pablo. Sólo nos queda agradecerle todo lo que hizo por mi nieto. Le salvó la vida.
-¿Y cómo crees tú que Pablo pueda regresarle el favor a ese señor?
-Ayudando a más personas que padecen el problema de las adicciones. Hasta donde yo sé, Pablo se ha preocupado por ayudar a niños y adolescentes en León Guanajuato que sufren de dicha dificultad.
-Grandiosa historia, ¿no lo crees?
-Así es, una muy buena historia de la cual todavía no se sabe mucho.
-Gracias abuelo, -le conteste-, su increíble mirada serena cerró la historia que tanto quise contar.
Sin duda alguna es una historia de éxito, donde el bien venció a todo mal, donde la preocupación y angustia se convirtió en armonía y paz, donde mi primo logró vencer a todos los demonios que atentaron contra su vida, pero sobre todo, una historia de lucha y superación personal.
Muchas de las personas que no lograron salir adelante recurren al suicidio como última alternativa. En México, el suicidio está entre las cinco principales causas de muerte entre la población entre los 15 y 29 años, según un artículo escrito por “Agencias”
Guimaraes Borges especialista en “trastornos mentales, suicidio y farmacodependencia consideró importante abordar la asociación del uso de alcohol, tabaco y drogas, entre otras sustancias, y los intentos y suicidios consumados. Es frecuente que quienes lo han intentado tengan antecedentes de adicción e incluso cuadros clínicos de dependencia. (Ver artículo completo)
Como sabemos, las drogas en México es un tema común que se vive día a día. La situación que atañe a nuestro país es deplorable, vamos de mal en peor. La lucha contra el narcotráfico es un claro ejemplo de lo ya mencionado puesto que no hay reducción en la demanda, este problema continúa y va creciendo cada vez más, va apoderándose de todo lo que se encuentre en su camino.
Es una lucha perdida. Considero que la mejor opción para solventar la situación en nuestro país sería generar más conocimiento respecto a las drogas y, a su vez, hablar sobre la prevención, los daños y peligros que los individuos pueden experimentar al meterse en terrenos poco apropiados.
La drogadicción es una enfermedad multifactorial del cuerpo, de la mente y del alma, y así como cualquier otra enfermedad, debe de ser tratada por especialistas en la materia. Por otro lado, justo como prevenimos otro tipo de enfermedades, se debe de acudir con especialistas para prevenir el consumo de drogas y otras conductas de riesgo que atentan contra el individuo. Detectar el problema a raíz puede evitar el desarrollo de la adicción, de esta terrible enfermedad que consume a un sinfín de personas en nuestro país y en todo el mundo.
Video sobre las adicciones (ver aquí)
