Proceso: Encuentro Scherer Zambada

“Si me atrapan o me matan… nada cambia”

Proceso, Julio Scherer García

Una expresión de Julio Scherer García ha quedado grabada con hierro candente, entre muchas otras, en quienes colaboramos con él. “Si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos…”. En el mayor de los sigilos, bajo la exigencia de reserva absoluta que él respetó y respeta, el fundador de Proceso fue convocado a encontrarse con Ismael El Mayo Zambada. “Tenía interés en conocerlo”, le dijo el capo del cártel de Sinaloa, colega y compadre de El Chapo Guzmán. En el encuentro, que terminó en puntos suspensivos, El Mayo Zambada dejó un reto: “Me pueden agarrar en cualquier momento… o nunca”.

Un día de febrero recibí en Proceso un mensaje que ofrecía datos claros acerca de su veracidad. Anunciaba que Ismael Zambada deseaba conversar conmigo.

La nota daba cuenta del sitio, la hora y el día en que una persona me conduciría al refugio del capo. No agregaba una palabra.

A partir de ese día ya no me soltó el desasosiego. Sin embargo, en momento alguno pensé en un atentado contra mi persona. Me sé vulnerable y así he vivido. No tengo chofer, rechazo la protección y generalmente viajo solo, la suerte siempre de mi lado.

La persistente inquietud tenía que ver con el trabajo periodístico. Inevitablemente debería contar las circunstancias y pormenores del viaje, pero no podría dejar indicios que llevaran a los persecutores del capo hasta su guarida. Recrearía tanto como me fuera posible la atmósfera del suceso y su verdad esencial, pero evitaría los datos que pudieran convertirme en un delator.

Me hizo bien recordar a Octavio Paz, a quien alguna vez le oí decir, enfático como era:

“Hasta el último latido del corazón, una vida puede rodar para siempre.”

Una mañana de sol absoluto, mi acompañante y yo abordamos un taxi del que no tuve ni la menor idea del sitio al que nos conduciría. Tras un recorrido breve, subimos a un segundo automóvil, luego a un tercero y finalmente a un cuarto. Caminamos en seguida un rato largo hasta detenernos ante una fachada color claro. Una señora nos abrió la puerta y no tuve manera de mirarla. Tan pronto corrió el cerrojo, desapareció.

La casa era de dos pisos, sólida. Por ahí había cinco cuadros, pájaros deformes en un cielo azuloso. En contraste, las paredes de las tres recámaras mostraban un frío abandono. En la sala habían sido acomodados sillones y sofás para unas diez personas y la mesa del comedor preveía seis comensales.

Me asomé a la cocina y abrí el refrigerador, refulgente y vacío. La curiosidad me llevó a buscar algún teléfono y sólo advertí aparatos fijos para la comunicación interna. La recámara que me fue asignada tenía al centro una cama estrecha y un buró de tres cajones polvosos. El colchón, sin sábana que lo cubriera, exhibía la pobreza de un cobertor viejo. Probé el agua de la regadera, fría, y en el lavamanos vi cuatro botellas de Bonafont y un jabón usado.

Hambrientos, el mensajero y yo salimos a la calle para comer, beber lo que fuera y estirar las piernas. Caminamos sin rumbo hasta una fonda grata, la música a un razonable volumen. Hablamos sin conversar, las frases cortadas sin alusión alguna a Zambada, al narco, la inseguridad, el ejército que patrullaba las zonas periféricas de la ciudad.

Volvimos a la casa desolada ya noche. Nos levantaríamos a las siete de la mañana. A las ocho del día siguiente desayunamos en un restaurante como hay muchos. Yo evitaba cualquier expresión que pudiera interpretarse como un signo de impaciencia o inquietud, incluso la mirada insistente a los ojos, una forma de la interrogación profunda. El tiempo se estiraba, indolente, y comíamos con lentitud.

Las horas siguientes transcurrieron entre las cuatro paredes ya conocidas. Yo llevaba conmigo un libro y me sumergí en la lectura, a medias. Mi acompañante parecía haber nacido para el aislamiento. Como si nada existiera a su alrededor, llegué a pensar que él mismo pudiera haber desaparecido sin darse cuenta, sin advertirlo. Me duele escribir que no tenía más vida que la servidumbre, la existencia sin otro horizonte que el minuto que viene.

“Ya nos avisarán –me dijo sorpresivamente–. La llamada vendrá por el celular.”

Pasó un tiempo informe, sin manecillas. ‘Paciencia’, me decía.

Salimos al fin a la oscuridad de la noche. En unas horas se cruzarían el ocaso y el amanecer sin luz ni sombra, quieto el mundo.

Viajamos en una camioneta, seguidos de otra. La segunda desapareció de pronto y ocupó su lugar una tercera. Nos seguía, constante, a cien metros de distancia. Yo sentía la soledad y el silencio en un paisaje de planicies y montañas.

Por veredas y caminos sinuosos ascendimos una cuesta y de un instante a otro el universo entero dio un vuelco. Sobre una superficie de tierra apisonada y bajo un techo de troncos y bejucos, habíamos llegado al refugio del capo, cotizada su cabeza en millones de dólares, famoso como el Chapo y poderoso como el colombiano Escobar, en sus días de auge, zar de la droga.

Ismael Zambada me recibió con la mano dispuesta al saludo y unas palabras de bienvenida:

–Tenía mucho interés en conocerlo.

–Muchas gracias –respondí con naturalidad.

Me encontraba en una construcción rústica de dos recámaras y dos baños, según pude comprobar en los minutos que me pude apartar del capo para lavarme. Al exterior había una mesa de madera tosca para seis comensales, y bajo un árbol que parecía un bosque, tres sillas mecedoras con una pequeña mesa al centro. Me quedó claro que el cobertizo había sido levantado con el propósito de que el capo y su gente pudieran abandonarlo al primer signo de alarma. Percibí un pequeño grupo de hombres juramentados.

A corta distancia del narco, los guardaespaldas iban y venían, a veces los ojos en el jefe y a ratos en el panorama inmenso que se extendía a su alrededor. Todos cargaban su pistola y algunos, además, armas largas. Dueño de mí mismo, pero nervioso, vi en el suelo un arma negra que brillaba intensamente bajo un sol vertical. Me dije, deliberadamente forzada la imagen: podría tratarse de un animal sanguinario que dormita.

–Lo esperaba para que almorzáramos juntos–, me dijo Zambada y señaló la silla que ocuparía, ambos de frente.

Observé de reojo a su emisario, las mandíbulas apretadas. Me pedía que no fuera a decir que ya habíamos desayunado.

Al instante fuimos servidos con vasos de jugo de naranja y vasos de leche, carne, frijoles, tostadas, quesos que se desmoronaban entre los dedos o derretían en el paladar, café azucarado.

–Traigo conmigo una grabadora electrónica con juego para muchas horas–, aventuré con el propósito de ir creando un ambiente para la entrevista.

–Platiquemos primero.

Le pregunté al capo por Vicente, Vicentillo.

–Es mi primogénito, el primero de cinco. Le digo “Mijo”. También es mi compadre.

Zambada siguió en la reseña personal:

–Tengo a mi esposa, cinco mujeres, quince nietos y un bisnieto. Ellas, las seis, están aquí, en los ranchos, hijas del monte, como yo. El monte es mi casa, mi familia, mi protección, mi tierra, el agua que bebo. La tierra siempre es buena, el cielo no.

–No le entiendo.

–A veces el cielo niega la lluvia.

Hubo un silencio que aproveché de la única manera que me fue posible:

–¿Y Vicente?

–Por ahora no quiero hablar de él. No sé si está en Chicago o Nueva York. Sé que estuvo en Matamoros.

–He de preguntarle, soy lo que soy. A propósito de su hijo, ¿vive usted su extradición con remordimientos que lo destrocen en su amor de padre?

–Hoy no voy a hablar de “Mijo”. Lo lloro.

–¿Grabamos?

Silencio.

–Tengo muchas preguntas–, insistí ya debilitado.

–Otro día. Tiene mi palabra.

Lo observaba. Sobrepasa el 1.80 de estatura y posee un cuerpo como una fortaleza, más allá de una barriga apenas pronunciada. Viste una playera y sus pantalones de mezclilla azul mantienen la línea recta de la ropa bien planchada. Se cubre con una gorra y el bigote recortado es de los que sugieren una sutil y permanente ironía.

–He leído sus libros y usted no miente–, me dice.

Detengo la mirada en el capo, los labios cerrados.

–Todos mienten, hasta Proceso. Su revista es la primera, informa más que todos, pero también miente.

–Señáleme un caso.

–Reseñó un matrimonio que no existió.

–¿El del Chapo Guzmán?

–Dio hasta pormenores de la boda.

–Sandra Ávila cuenta de una fiesta a la que ella concurrió y en la que estuvo presente el Chapo.

–Supe de la fiesta, pero fue una excepción en la vida del Chapo. Si él se exhibiera o yo lo hiciera, ya nos habrían agarrado.

–¿Algunas veces ha sentido cerca al ejército?

–Cuatro veces. El Chapo más.

–¿Qué tan cerca?

–Arriba, sobre mi cabeza. Huí por el monte, del que conozco los ramajes, los arroyos, las piedras, todo. A mí me agarran si me estoy quieto o me descuido, como al Chapo. Para que hoy pudiéramos reunirnos, vine de lejos. Y en cuanto terminemos, me voy.

–¿Teme que lo agarren?

–Tengo pánico de que me encierren.

–Si lo agarraran, ¿terminaría con su vida?

–No sé si tuviera los arrestos para matarme. Quiero pensar que sí, que me mataría.

Advierto que el capo cuida las palabras. Empleó el término arrestos, no el vocablo clásico que naturalmente habría esperado.

Zambada lleva el monte en el cuerpo, pero posee su propio encierro. Sus hijos, sus familias, sus nietos, los amigos de los hijos y los nietos, a todos les gustan las fiestas. Se reúnen con frecuencia en discos, en lugares públicos y el capo no puede acompañarlos. Me dice que para él no son los cumpleaños, las celebraciones en los santos, pasteles para los niños, la alegría de los quince años, la música, el baile.

–¿Hay en usted espacio para la tranquilidad?

–Cargo miedo.

–¿Todo el tiempo?

–Todo.

–¿Lo atraparán, finalmente?

–En cualquier momento o nunca.

Zambada tiene sesenta años y se inició en el narco a los dieciséis. Han transcurrido cuarenta y cuatro años que le dan una gran ventaja sobre sus persecutores de hoy. Sabe esconderse, sabe huir y se tiene por muy querido entre los hombres y las mujeres donde medio vive y medio muere a salto de mata.

–Hasta hoy no ha aparecido por ahí un traidor–, expresa de pronto para sí. Lo imagino insondable.

–¿Cómo se inició en el narco?

Su respuesta me hace sonreír.

–Nomás.

–¿Nomás?

Vuelvo a preguntar:

–¿Nomás?

Vuelve a responder:

–Nomás.

Por ahí no sigue el diálogo y me atengo a mis propias ideas: el narcotráfico como un imán irresistible y despiadado que persigue el dinero, el poder, los yates, los aviones, las mujeres propias y ajenas con las residencias y los edificios, las joyas como cuentas de colores para jugar, el impulso brutal que lleve a la cúspide. En la capacidad del narcotráfico existe, ya sin horizonte y aterradora, la capacidad para triturar.

Zambada no objeta la persecución que el gobierno emprende para capturarlo. Está en su derecho y es su deber. Sin embargo, rechaza las acciones bárbaras del Ejército.

Los soldados, dice, rompen puertas y ventanas, penetran en la intimidad de las casas, siembran y esparcen el terror. En la guerra desatada encuentran inmediata respuesta a sus acometidas. El resultado es el número de víctimas que crece incesante. Los capos están en la mira, aunque ya no son las figuras únicas de otros tiempos.

–¿Qué son entonces? –pregunto.

Responde Zambada con un ejemplo fantasioso:

–Un día decido entregarme al gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de los días vamos sabiendo que nada cambió.

–¿Nada, caído el capo?

–El problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí.

A juicio de Zambada, el gobierno llegó tarde a esta lucha y no hay quien pueda resolver en días problemas generados por años. Infiltrado el gobierno desde abajo, el tiempo hizo su “trabajo” en el corazón del sistema y la corrupción se arraigó en el país. Al presidente, además, lo engañan sus colaboradores. Son embusteros y le informan de avances, que no se dan, en esta guerra perdida.

–¿Por qué perdida?

–El narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción.

–Y usted, ¿qué hace ahora?

–Yo me dedico a la agricultura y a la ganadería, pero si puedo hacer un negocio en los Estados Unidos, lo hago.

Yo pretendía indagar acerca de la fortuna del capo y opté por valerme de la revista Forbes para introducir el tema en la conversación.

Lo vi a los ojos, disimulado un ánimo ansioso:

–¿Sabía usted que Forbes incluye al Chapo entre los grandes millonarios del mundo?

–Son tonterías.

Tenía en los labios la pregunta que seguiría, ahora superflua, pero ya no pude contenerla.

–¿Podría usted figurar en la lista de la revista?

–Ya le dije. Son tonterías.

–Es conocida su amistad con el Chapo Guzmán y no podría llamar la atención que usted lo esperara fuera de la cárcel de Puente Grande el día de la evasión. ¿Podría contarme de qué manera vivió esa historia?

–El Chapo Guzmán y yo somos amigos, compadres y nos hablamos por teléfono con frecuencia. Pero esa historia no existió. Es una mentira más que me cuelgan. Como la invención de que yo planeaba un atentado contra el presidente de la República. No se me ocurriría.

–Zulema Hernández, mujer del Chapo, me habló de la corrupción que imperaba en Puente Grande y de qué manera esa corrupción facilitó la fuga de su amante. ¿Tiene usted noticia acerca de los acontecimientos de ese día y cómo se fueron desarrollando?

–Yo sé que no hubo sangre, un solo muerto. Lo demás, lo desconozco.

Inesperada su pregunta, Zambada me sorprende:

–¿Usted se interesa por el Chapo?

–Sí, claro.

–¿Querría verlo?

–Yo lo vine a ver a usted.

–¿Le gustaría…?

–Por supuesto.

–Voy a llamarlo y a lo mejor lo ve.

La conversación llega a su fin. Zambada, de pie, camina bajo la plenitud del sol y nuevamente me sorprende:

–¿Nos tomamos una foto?

Sentí un calor interno, absolutamente explicable. La foto probaba la veracidad del encuentro con el capo.

Zambada llamó a uno de sus guardaespaldas y le pidió un sombrero. Se lo puso, blanco, finísimo.

–¿Cómo ve?

–El sombrero es tan llamativo que le resta personalidad.

–¿Entonces con la gorra?

–Me parece.

El guardaespaldas apuntó con la cámara y disparó. l

El poder de “El Mayo”

Proceso, Jorge Carrasco Araizaga

Aunque al hablar del cártel de Sinaloa se piensa de inmediato en El Chapo Guzmán, es Ismael Zambada García, El Mayo, el estratega del grupo de narcotráfico que un estudio de inteligencia estadunidense califica como el “dominante” en México. Otro análisis, de autoría mexicana, no sólo se refiere a los maestros de El Mayo y a su gran capacidad de infiltración y corrupción en las instituciones que lo buscan, sino también a la presunta sociedad que desde hace años mantiene con uno de los precandidatos del PRI al gobierno del estado de Sinaloa, el alcalde de Culiacán con licencia Jesús Vizcarra Calderón…

En los gobiernos del PAN, el cártel de Sinaloa se ha consolidado como la organización más importante del narcotráfico en México. Los reflectores se concentran en Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, pero los alcances del grupo delictivo no se explican sin Ismael Zambada García, El Mayo.

A El Chapo se le caracteriza como la cabeza de la organización, y a Zambada como su socio. Pero en realidad el cártel de Sinaloa es una red con varios liderazgos en la que destaca El Mayo como estratega del grupo.

El más mediático de los líderes del cártel es El Chapo, lo que aleja la atención sobre El Mayo, Ignacio Nacho Coronel y Juan José Esparragoza Moreno El Azul, quienes por años, junto con Guzmán, han ejercido el control de esa organización.

Con ellos operan los hermanos Cázares Salazar, señalados como los encargados de “blanquear” los recursos y entre los cuales se menciona a Blanca Margarita Cázares Salazar, La Emperatriz.

Cada uno con su propia estructura, estos personajes han hecho de la organización “la más formidable y dominante en México”, traficando drogas desde América del Sur hacia América del Norte, y armas a México, según un análisis de la firma privada de inteligencia estadunidense Stratfor, elaborado en diciembre pasado.

A diferencia de El Chapo, que se ha enfrascado en costosas batallas personales con los Carrillo y los Beltrán –antiguos aliados del cártel, principalmente en Sinaloa y Chihuahua–, El Mayo se mantiene como pieza clave en la operación del grupo, por su capacidad de penetración institucional –incluido el Ejército–, sus cuantiosas actividades financieras y su aptitud logística para mover droga, dinero y armas.

La Procuraduría General de la República (PGR) ha documentado en diversas averiguaciones previas esas actividades atribuidas a El Mayo. La justicia estadunidense también. Desde 2003, está acusado en la Corte federal para el distrito de Columbia, en Washington, de conspirar con el fin de importar y distribuir en Estados Unidos “cinco kilos o más” de cocaína.

Junto con él fueron acusados por el Departamento de Justicia estadunidense su hijo Vicente Zambada Niebla, El Niño o El Mayito, y Javier Torres, El JT. Su hijo y su operador ya fueron extraditados a Estados Unidos, en febrero de 2010 y en noviembre de 2006, respectivamente.

Como parte de las investigaciones, en 2007 el Departamento del Tesoro de Estados Unidos congeló y confiscó los bienes de su familia. Entre ellos los de Zambada Niebla, de 35 años.

De acuerdo con Stratfor, el grupo de El Mayo “experimentó un retroceso cuando su hijo (…) fue detenido en la Ciudad de México. Zambada Niebla era clave en el lavado de dinero y en las finanzas de la organización, además de que tuvo un importante rol logístico cuando era necesario. Su ausencia, sin embargo, no parece haber afectado significativamente las operaciones” del propio Ismael Zambada García.

La capacidad de operación de Ismael se mantiene a pesar de otros golpes recibidos, como el decomiso, en septiembre de 2008, de 26 millones de dólares en una residencia de Culiacán, donde operaban los hermanos Jesús Alfredo y José Lamberto Verdugo Calderón.

José Lamberto, muerto por el Ejército en enero de 2009, “era el prestanombres de El Mayo en varios ranchos ganaderos, entre ellos Los Mezquites y Potrero del Aguaje, así como el motel Monteverde”, al sur de Culiacán, entre otros negocios, según un reporte de los servicios de inteligencia mexicanos.

Pocas semanas después del decomiso, El Mayo tuvo otro revés. La detención de su hermano Jesús Zambada García, a quien se conocía como El Rey Zambada. Capturado en la Ciudad de México, en octubre de 2008, El Rey tenía el control del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. De esa manera, Ismael Zambada aseguraba la importación de cocaína y de precursores químicos para producir metanfetaminas.

Maestros y socios

El Mayo Zambada, de 60 años, fue iniciado en el narcotráfico por José Inés Calderón Quintero, quien entre los años setenta y los ochenta fue uno de los principales jefes del narcotráfico en Sinaloa y en el país, dice el mencionado reporte de los servicios de inteligencia mexicanos, que aborda las actividades empresariales y políticas del precandidato del PRI al gobierno del estado, Jesús Vizcarra Calderón.

En la investigación sobre el alcalde de Culiacán con licencia se asegura también que, desde los ochenta, El Mayo ha sido socio de Vizcarra Calderón, quien busca el gobierno de Sinaloa para el periodo 2011-2016.

En esa época, Ismael Zambada aprendió a operar en el narcotráfico no sólo por las enseñanzas de Calderón Quintero, sino también de narcotraficantes como Rafael Caro Quintero, Baltasar Díaz Vega, Ernesto Fonseca Carrillo Don Neto y Manuel Salcido Uzueta El Cochiloco.

Nacido en El Álamo, población del municipio Salvador Alvarado, Zambada García creció después a la sombra de Vicente Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, muerto en una cirugía plástica en 1997.

En 2001, El Mayo fue uno de los que protegió a El Chapo cuando se fugó del penal de máxima seguridad de Puente Grande, en febrero de ese año, a la llegada de Vicente Fox a la Presidencia de la República.

De su capacidad para corromper autoridades civiles y militares hay dos referentes: la infiltración del Centro de Inteligencia Antinarcóticos (Cian) del Ejército, en 2002, y la Operación Limpieza de la PGR, dada a conocer en noviembre de 2008.

No ha sido la de 2002 la única vez en que Zambada ha infiltrado al Ejército. En junio de 2009, la PGR informó del arraigo de nueve militares que la Secretaría de la Defensa Nacional entregó al Ministerio Público Federal por su presunta relación con El Mayo.

En el caso de la Operación Limpieza, se demostró que El Mayo y los Beltrán Leyva, entonces aliados, penetraron esa institución y la Secretaría de Seguridad Pública (SSP).

La PGR investigó a dos hombres cercanos del titular de la SSP, Genaro García Luna, por sus presuntas relaciones con Ismael Zambada: Luis Cárdenas Palomino, brazo derecho de García Luna, y Gerardo Garay Cadena, excomisionado de la entonces Policía Federal Preventiva, hoy Policía Federal.

Según las investigaciones, El Mayo pagaba a más de 35 agentes del Ministerio Público Federal entre 350 y 400 mil dólares para que lo mantuvieran informado sobre las acciones de la PGR contra su organización y cualquiera de sus miembros.

Los elementos de las dependencias infiltradas acabaron también divididos con las pugnas al interior del cártel, iniciadas en 2004, cuando El Chapo Guzmán ordenó el asesinato de Rodolfo Carrillo Fuentes, y agudizadas en 2008, cuando los hermanos Beltrán Leyva acusaron a Guzmán Loera de haber entregado a su hermano Alfredo, El Mochomo.

El Mayo tomó partido por El Chapo y ahora también está metido en la confrontación con las dos familias para expulsarlas de Sinaloa. A pesar de sus funciones de estratega, también cuenta con un fuerte brazo operativo. Sus hombres más conocidos por su capacidad de violencia son El Chino Ántrax, El Macho Prieto y El Ondiado. En las canciones de los jefes de sicarios de El Mayo se refieren a Ismael Zambada como El Padrino, Su Majestad o El M y La Z.

Los hombres de Zambada actúan ahora junto a sicarios del cártel del Golfo y de La Familia michoacana, organizaciones con las que El Chapo y El Mayo se han aliado en su confrontación con los Carrillo Fuentes, los Beltrán Leyva y Los Zetas.

Recuerdo de una boda…

Proceso,

En la última semana de agosto de 2007, la reportera Patricia Dávila viajó al pueblo de Canelas, Durango, localizado en el corazón de lo que se conoce como el Triángulo Dorado de la droga –en los límites de los estados de Sinaloa, Chihuahua y Durango–, para recabar información y contar los pormenores de la boda de Joaquín El Chapo Guzmán Loera y Emma Coronel Aispuro, los cuales fueron publicados en la edición 1609 de Proceso.

La ceremonia se realizó en La Angostura, una de las localidades más alejadas de Canelas, la cabecera municipal. En época de lluvias, el acceso a esa región toma tres horas y media en motoneta.

Con testimonios documentales, como el del periódico local El Correo de la Montaña, mensajes por internet de testigos y hasta versiones de autoridades que pidieron no ser identificadas, Proceso dio cuenta de cómo se fue preparando la boda desde cinco meses antes, a partir de un baile celebrado el 6 de enero de ese año.

De acuerdo con esos testimonios, la ceremonia en La Angostura se realizó el 2 de julio, aunque se había divulgado que se llevaría a cabo al día siguiente. A diferencia del tumultuoso baile del Día de Reyes, en esta ocasión sólo estuvieron presentes familiares de la novia y personas muy allegadas a El Chapo. Un día después de la boda, La Angostura fue ocupada por soldados.

Asoma la narcopolítica

Proceso, Jorge Carrasco Araizaga

El Cisen ha dado seguimiento a las empresas del precandidato priista al gobierno de Sinaloa, Jesús Vizcarra Calderón, y lo vincula con algunos de los principales capos de la droga desde hace más de 20 años. Identificado con Enrique Peña Nieto y Elba Esther Gordillo, paradójicamente su carrera política ha sido cobijada por Vicente Fox y el exsecretario de Agricultura Javier Usabiaga. Ahora defiende la guerra de Felipe Calderón y avala la militarización del combate al crimen organizado, pero aclara que no mete las manos por nadie que no sea él mismo.

CULIACÁN, SIN.- Empresario antes que político, el precandidato del PRI al gobierno de Sinaloa, Jesús Vizcarra Calderón, está en la mira de los servicios de inteligencia del gobierno federal desde hace varios años. El motivo: los negocios que presuntamente ha realizado durante más de dos décadas con uno de los barones sinaloenses de la droga, Ismael El Mayo Zambada.

Alcalde de Culiacán con licencia, Chuy Vizcarra, como se le conoce en el estado, no sólo ha acumulado poder económico: en menos de una década ha dispuesto del suficiente capital político para ser diputado federal y presidente municipal. Hoy aspira a ocupar el palacio del gobierno de Sinaloa a partir de 2011.

Claro candidato de su socio, el gobernador Jesús Aguilar Padilla, Vizcarra cuenta también con el respaldo del gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto; la jefa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), Elba Esther Gordillo, y la clase empresarial del estado, en especial de miembros de las influyentes familias Coppel y Ley.

Relaciones comprometedoras

La publicación, en diciembre pasado, de una fotografía de los años ochenta en la que aparece en un oficio religioso junto a varios narcotraficantes, entre ellos su primo lejano José Inés Calderón Quintero y El Mayo Zambada, es apenas una muestra de la información que los servicios de inteligencia del gobierno federal han recolectado sobre el aspirante a gobernador en las elecciones del 4 de julio próximo.

Su origen y crecimiento como empresario está en el centro de las investigaciones. La historia que Chuy Vizcarra cuenta de sí mismo como comerciante desde niño en la escuela y en el mercado municipal Garmendia es muy distinta de lo que registra su ficha elaborada por el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen).

La fortuna de Vizcarra se originó y desarrolló en su empresa emblema, el Grupo Viz/Sukarne, dedicado a la producción, comercialización y exportación de carne, con ventas superiores a los 11 mil millones de pesos al 30 de septiembre de 2009, de acuerdo con su información corporativa.

Según la investigación federal, la compañía empezó a operar a mediados de los ochenta, aunque desde la década anterior Vizcarra se dedicaba a la compra y venta de ganado como una de sus primeras actividades para “blanquear los cuantiosos recursos” ilegales de Calderón Quintero, quien “entre 1976 y 1988 se convirtió en uno de los narcotraficantes más fuertes de Sinaloa y del país”.

Si de un lado tenía a Vizcarra para lavar dinero, dice el documento del Cisen, del otro Calderón Quintero formó a importantes operadores: apadrinó en el narcotráfico a El Mayo Zambada y operó con su sobrino, Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca Carrillo (Don Neto), Baltasar Díaz Vega y Manuel Salcido Uzueta El Cochiloco. De todos ellos, el único activo es El Mayo, convertido en uno de los principales narcotraficantes del país.

El reporte establece vínculos familiares entre Calderón Quintero y Chuy Vizcarra: eran primos lejanos. El narcotraficante, abatido en 1988 por la entonces Policía Judicial Federal (PJF), era hijo de Inés Calderón Godoy, primo de la madre del candidato a gobernador, María del Rosario Calderón López.

Inés y María del Rosario Calderón nacieron en Tamazula, Durango, en el llamado Triángulo Dorado de la droga en México, formado entre Sinaloa, Durango y Chihuahua. Debido a su condición precaria, la madre del ahora candidato y su esposo, José Isabel Vizcarra Rodríguez, que tuvieron 10 hijos, emigraron a Culiacán. El padre se dedicó a vender gallinas hasta que entraron en contacto con Inés Calderón Godoy, quien se dedicaba al narcotráfico junto con su hijo José Inés.

Empleados de Calderón Quintero, los Vizcarra se iniciaron en la compra de ganado en distintas partes del estado para los ranchos El Ensueño y San Francisco, propiedad del narcotraficante. Más tarde, en 1984, crearon la empresa Alimentos Balanceados Inekal.

Ese mismo año, el negocio le fue decomisado a Calderón Quintero y utilizado como pensión de vehículos blindados bajo la custodia del Servicio de Administración y Enajenación de Bienes (SAE).

Hace un año, en enero de 2009, un comando armado robó 10 de esas unidades en un hecho que removió la alegada relación del entonces presidente municipal con el narcotraficante y que se interpretó como el inicio de la “guerra sucia” contra Vizcarra de cara a la elección gubernamental.

De acuerdo con el informe del Cisen, Chuy Vizcarra y su padre constituyeron Grupo Viz con dinero de Calderón Quintero. En 1985, cuando tenía 25 años, el ahora aspirante al gobierno asumió la dirección del grupo. “Fue en esa época cuando Jesús Vizcarra conoció a El Mayo, con quien estableció una relación de negocios y de amistad, que perdura hasta la fecha”.

Calderón Quintero murió acribillado en su casa, en el fraccionamiento Las Quintas, durante un enfrentamiento con la PJF –hoy Policía Federal Ministerial–, en un operativo que estuvo a cargo del comandante Guillermo González Calderoni.

Para los servicios de inteligencia, el asesinato de Calderón Quintero favoreció a Jesús Vizcarra y su familia: se quedaron “con los recursos que ese narcotraficante les había facilitado para la creación del Grupo Viz y de otras empresas, así como otras inversiones financieras y negocios que los Vizcarra le manejaban a su pariente”.

A finales de los ochenta, tras la muerte de su supuesto mentor, El Mayo se asoció con Vizcarra en el Grupo Viz y en otros negocios ganaderos y agrícolas, “inyectando fuertes sumas de dinero que propiciaron un repunte notable de este grupo empresarial”, y compraron ranchos ganaderos en Sinaloa, Michoacán y Veracruz.

Las inversiones de El Mayo se le adjudican a su prestanombres José Lamberto Verdugo Calderón, muerto por el Ejército en enero de 2009 en la comunidad de El Carrizalejo, en el municipio de Culiacán.

La información también relaciona a Vizcarra con Gonzalo Araujo Payán, El Chalo, quien fue uno de los jefes de sicarios de El Mayo y de Joaquín El Chapo Guzmán. Araujo, asesinado en su casa en octubre de 2006, en el fraccionamiento Infonavit Humaya de esta capital, fue uno de los encargados de la protección de Vizcarra y su familia.

Las otras empresas de Vizcarra son Agrofinanciera y Agrovizion Integradora, dedicada a la producción, comercialización y exportación de productos agrícolas. Además, “tiene fuertes inversiones financieras y en el negocio inmobiliario”.

La narcopolítica

Grupo Viz, la empresa insignia de Jesús Vizcarra, ha estado siempre en la polémica. El periódico El Noroeste dio a conocer que, además de él, los socios mayoritarios de la empresa son su esposa Alma Angelina Avendaño, su mamá y sus hermanos Fernando y Luis Armando, quienes hacia 2005 poseían 51% de las acciones.

Como socios minoritarios tiene al gobernador Jesús Aguilar Padilla; su esposa Juliana Rosalía Camacho Rojas, y su hijo Jesús Aguilar Camacho. También están Óscar Lara Aréchiga, actual diputado federal del PRI por Culiacán. Vizcarra Calderón y Lara Aréchiga fueron empleados de Aguilar Padilla, el primero como secretario de Desarrollo Económico y el segundo como secretario de Finanzas y Administración.

Otro socio minoritario de grupo Viz es Benjamín Sepúlveda Lugo, tesorero del ayuntamiento de Culiacán durante la presidencia municipal de Vizcarra. Según el reporte del Cisen, el empresario Enrique Coppel Luken también fue socio de la empresa y después vendió sus acciones a Vizcarra.

Los nombres de los socios aparecen en el acta de la asamblea extraordinaria del Grupo Viz del 25 de abril de 2005, que éste entregó a la Bolsa Mexicana de Valores (BMV) en 2007, cuando anunció que cotizaría en el mercado bursátil para convertirse en una empresa pública. Finalmente, Vizcarra no dio ese paso, según la información de la BMV.

Ese mismo año, en pleno proceso electoral para la alcaldía de Culiacán, desde las computadoras de funcionarios de delegaciones federales en Sinaloa se hizo circular un correo electrónico para rechazar a Vizcarra por sus supuestas relaciones con el narcotráfico.

“¿Cómo cree usted, señor gobernador, que los sinaloenses lo vamos a perpetuar a usted en la persona del popular narcotraficante y lavadinero Jesús Vizcarra Calderón? No, señor, sería hundirnos en la desolación. No podemos en Sinaloa continuar con el proceso de narcotización de la política y, con ello, con la desintegración de la sociedad. Sería poner un AK-47 entre ceja y ceja a cada sinaloense. Sería vejarnos la dignidad”. A pesar de eso, Vizcarra arrasó en los comicios con 153 mil de los 221 mil votos emitidos.

Su exsocio, Enrique Coppel, es ahora uno de los promotores de su candidatura al gobierno. El 16 de marzo pasado firmó un desplegado de la comunidad empresarial sinaloense que no sólo salió en defensa del alcalde con licencia, sino que lo respaldó para sustituir a Aguilar Padilla.

“Jesús Vizcarra se ha distinguido como empresario exitoso, destacando además su larga trayectoria como dirigente empresarial local y nacional, así como en el ámbito de la asistencia social y en el servicio público”, dice el desplegado que se publicó en medios de circulación nacional y que fue firmado también, entre otros, por Juan Manuel Ley López, empresario departamental.

Con una argumentación similar sobre el crecimiento de su empresa y sus tareas de dirigente empresarial y de asistencia social, Vizcarra ha respondido a las acusaciones. Pero nada ha explicado sobre el surgimiento y desarrollo de su empresa entre los años ochenta.

Incluso tardó más de un mes en responder acerca de la fotografía publicada en el periódico Reforma de la Ciudad de México en la que aparece junto a El Mayo, Inés Calderón Godoy, Bernardo Quintana y Javier Díaz, hijo de Baltasar Díaz, uno de los narcotraficantes señalados en el informe.

En una carta pública dada a conocer el 22 de enero de este año, además de recordar que ha sido dirigente empresarial estatal y nacional, y que ha presidido el Consejo Nacional Agropecuario, se menciona su paso por la Cámara de Diputados entre 2003 y 2005.

En esa época, sus lealtades estaban divididas entre el PRI y el foxismo. Vizcarra apostó por la jefa del SNTE cuando el entonces presidente del PRI, Roberto Madrazo, disputaba el control de los votos del partido en la Cámara de Diputados con la entonces secretaria general y coordinadora de la bancada priista, Elba Esther Gordillo.

Identificado claramente como uno de los diputados elbistas, el empresario y político sinaloense apoyó la reforma fiscal de Vicente Fox. El respaldo no fue gratuito: Vizcarra fue nombrado presidente de la Comisión de Recursos Hidráulicos con el apoyo del PAN. Incluso, el propio Fox y su secretario de Agricultura, Javier Usabiaga –productor agropecuario y ahora diputado federal por Guanajuato– promovieron su llegada a San Lázaro, con el aval de Juan Millán Lizárraga, entonces gobernador de Sinaloa.

El apoyo de Millán fue circunstancial. Ahora impulsor de Mario López Valdez como principal contrincante de Vizcarra en las elecciones para gobernador, el exgobernador reveló que Usabiaga y Fox le hicieron saber su interés en que Vizcarra llegara a la Cámara de Diputados, según publicó el periódico El Noroeste en noviembre de 2009.

Millán justificó el apoyo que le dio a Vizcarra porque Usabiaga y Fox le dijeron que eran “muy amigos” del político ahora bajo sospecha. De paso, comenta, le dijeron que los diputados panistas garantizaban la presidencia de la Comisión de Recursos Hidráulicos para Vizcarra.

Un año antes de que acabara la LIX Legislatura federal, Vizcarra abandonó la Cámara de Diputados para irse al gobierno de Jesús Aguilar Padilla. De ahí saltó a la alcaldía y ahora busca el gobierno del estado.

Deslinde

Chuy Vizcarra vive otra paradoja como priista que sale en defensa del gobierno del PAN. Ante las acusaciones en su contra, se cobija en la administración de Felipe Calderón, que se ha dedicado a recabar información sobre sus actividades empresariales y sus supuestos vínculos con el narcotráfico.

Vizcarra aboga abiertamente por “la estrategia” antinarco del gobierno federal en Sinaloa y rechaza las severas críticas del diputado del PAN Manuel Clouthier, quien en entrevista con Proceso (1737) acusó a Calderón de haber sido omiso y negligente para enfrentar el narcotráfico en Sinaloa, lo que consolidó al estado como modelo de “narcopolítica” en México.

En entrevista con Proceso, realizada en marzo pasado en Culiacán unos días antes de su registro como precandidato del PRI, Vizcarra negó que exista “narcopolítica” en Sinaloa: “No, definitivamente eso no es así. Aquí hay que ver quién tiene responsabilidad y a quién hay que exigirle”.

–¿Se equivoca entonces el diputado Clouthier?

–Depende de qué sea. A quién y qué le reclama.

–Le reclama a Calderón no actuar en Sinaloa.

–Yo creo que el presidente está haciendo un esfuerzo muy importante a nivel nacional. Ningún presidente en los últimos sexenios se había decidido a entrar. Podrá haber muchas opiniones, pero él ha estado trabajando mucho para enfrentar a la delincuencia. El Ejército ha estado trabajando intensamente. La Policía Federal también. Un problema de décadas no se va a resolver en un año.

–Pero en el caso del operativo en Sinaloa ya son casi tres años y la violencia se ha incrementado. Por eso se habla de un fracaso de la “estrategia”.

–Yo no lo mediría así. Si la pregunta es si ha habido más muertos, sí. Si la pregunta es si está incidiendo en mermar las fuerzas de la gente que está en el narcotráfico, yo creo que sí ha ayudado la estrategia federal.

Sinaloa padece desde finales del año pasado una oleada de violencia por las disputas entre los exsocios de la llamada Federación sinaloense encabezada por El Mayo y El Chapo, quienes buscan expulsar del estado a las organizaciones de los Carrillo Fuentes y los Beltrán Leyva. Este enfrentamiento ha causado 600 muertes tan sólo entre enero y marzo pasados.

“Lo único que sé sobre eso es lo que leo en los diarios”, dice Vizcarra, quien rechaza cualquier relación con El Mayo, su alegado socio: “Aquí, la mayoría de los sinaloenses pudo haber conocido a gente en la escuela, el deporte o en la colonia, que pudieron haber tomado el mal camino. Lo que respondí, respondo y responderé es que jamás he cometido hecho ilícito alguno.”

–Pero usted estuvo en aquella reunión con él y otras personas acusadas de narcotráfico.

–Pude haber estado. Pero desde que tenía ocho años de edad estoy trabajando. Y no en el lugar que estoy. Mi empresa no nació en el nivel que está. Pude haber estado en algunos lugares donde pudo haber estado gente que pudo tener un diferente comportamiento. Pero yo jamás he tenido contacto con ese tipo de actividades ni tengo ni tendré, ni con gente que se dedica a actividades ilegales.

–¿Nunca ha estado en contacto con estos grupos?

–Yo jamás he tenido nada que ver en nada ilegal en mi vida. De eso puede estar seguro todo el mundo.

–¿Que opina de El Chapo?

–Yo respeto a las demás personas. Esa es mi premisa. Podemos no estar de acuerdo en muchas cosas, con las actividades ilegales; pero entiendo las circunstancias que puede tener cada persona y en cada tiempo. Yo no voy a estar a favor de la ilegalidad, jamás; pero entiendo circunstancias y respeto a la gente.

–¿El narcotráfico ya es una forma de ser en Sinaloa?

–Hoy tiene una enorme influencia en algunos círculos.

–Productivos, sociales…

–Sí, en algunos de ellos.

–¿Políticos?

–Creo que no. Creo que no. Sin embargo… yo creo que no. Sinceramente, esa circunstancia pienso que no se ha dado en Sinaloa… Sin embargo, yo sólo metería las manos por mí, indudablemente.

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Una respuesta a esta entrada.

  1. [...] Proceso: Encuentro Scherer Zambada abril, 2010 5 [...]

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